-A veces, pasaba días meditabundo, pensando si lo que decidimos aceptar realmente es lo ideal.
Pensando si estamos haciendo las cosas bien, si estamos aguantando demasiado, si estamos construyendo algo o simplemente acostumbrándonos a vivir de cierta manera.
Y uno piensa…
Cuando yo estaba chiquito veía a mi papá y a mi mamá normal, relax. Para mí todo estaba bien.
Yo pensaba —y todavía pienso— que mi mamá era la mejor y que mi papá era lo máximo.
Para mí ellos se amaban, eran almas gemelas y ya.
Así de sencillo lo veía uno cuando era niño.
Pero había ocasiones donde mi mamá le decía a mi papá sus incomodidades, sus molestias, las cosas que no le gustaban. Yo lo veía normal.
Mi papá siempre decía que mi mamá era la mejor, que nunca dejáramos de quererla.
Aunque a veces también decía:
“Estoy cansado”.
Y yo no entendía.
¿Cansado de qué?
Ahora grande lo entiendo.
Llevar una familia es difícil.
Es frustrante cuando tienes un plan y no te sale. Cuando quieres resolver algo y no puedes. Cuando tienes responsabilidades encima y no tienes control de todo lo que está pasando.
Uno de niño solamente ve que hay comida, que estudia, que tiene casa, que mamá está ahí y que papá llega.
Uno no sabe todo lo que tuvo que pasar para que eso sucediera.
Hoy entiendo que mi mamá hacía lo posible para que nosotros tuviéramos algo.
Mi mamá no trabajaba fuera de la casa, pero estaba pendiente de todo.
La casa.
Los hijos.
Los estudios.
Las necesidades.
Que estuviéramos firmes.
Que no nos desviáramos.
Mientras mi papá suplía.
Él era el soporte, el que salía, resolvía y cargaba con la responsabilidad de proveer.
Y mientras él hacía eso, mi mamá mantenía firme aquello por lo que él estaba trabajando.
Uno sostenía la casa desde afuera y el otro la sostenía desde adentro.
Ahora lo entiendo.
No era que en mi casa nunca hubiera problemas.
Claro que los había.
Lo que pasaba era que ellos entendían algo que hoy parece que estamos perdiendo:
Los problemas de la pareja no tienen por qué convertirse en los problemas de los hijos.
Hoy veo algo muy diferente.
Veo mamá y papá velando cada uno por su lado.
Veo personas preocupándose por sus hijos porque es su deber, pero pocas veces pensando qué legado les están dejando.
Veo discusiones de ambas partes.
Humillaciones.
Menosprecio.
Competencia.
Quién gana más.
Quién hace más.
Quién necesita menos al otro.
Quién tiene la razón.
Quién puede herir más fuerte.
Y peor todavía cuando todo eso sucede delante de los hijos.
Se perdió la esencia.
La esencia de decir:
“Estamos aquí para crecer juntos.”
Ahora muchas veces pareciera que dos personas simplemente se toleran porque ambas obtienen algún beneficio.
Uno necesita algo del otro.
El otro necesita algo del uno.
Y mientras exista ese intercambio, seguimos.
Pero eso no es construir.
Eso es sobrevivir juntos.
Y debe ser difícil vivir así.
Debe ser difícil dormir al lado de una persona sintiendo que tienes un enemigo en tu propia casa.
Tener la incertidumbre de pensar que el día que aparezca alguien “mejor”, según las expectativas de esa persona, tú puedes quedar olvidado.
El día que produzcas menos.
El día que no tengas la misma fuerza.
El día que tengas un tropiezo.
El día que ya no seas tan eficaz.
Y ahí es donde yo pienso mucho.
Porque tú puedes ser el mejor ahora mismo.
Puedes resolver.
Puedes producir.
Puedes estar pendiente de todo.
Puedes proveer.
Puedes sacrificarte.
Pero si tu valor para alguien depende únicamente de lo que eres capaz de hacer por esa persona, entonces no te están valorando a ti.
Están valorando tu utilidad.
Y la utilidad tiene fecha de vencimiento.
Por eso creo fielmente que, en vez de pasar toda una vida trabajando solamente por conservar un amor, también debemos trabajar por crear y dejar un legado.
Trabajar por uno mismo.
Crecer.
Tener metas.
Ser firme en nuestras convicciones.
No depender de que alguien nos diga cuánto valemos.
Porque cuando tú trabajas en ti, los que dependen de ti también aprenden a hacerlo.
Tus hijos están mirando.
Aunque tú creas que no.
Están viendo cómo tratas a su mamá.
Están viendo cómo tratas a su papá.
Están viendo cómo reaccionas cuando estás molesto.
Están viendo si insultas.
Si humillas.
Si perdonas.
Si trabajas.
Si cumples tu palabra.
Si abandonas cuando las cosas se ponen difíciles.
Todo eso también es educación.
Por eso pienso que en una discusión pueden pasar muchas cosas, pero nunca debería faltar el respeto.
Puedes molestarte.
Puedes reclamar.
Puedes decir que algo no te gusta.
Puedes estar cansado.
Puedes incluso llegar a la conclusión de que ya no quieres continuar.
Pero menospreciar a una persona, y peor aún delante de sus hijos, es otra cosa.
Porque los hijos quizás mañana olviden por qué estaban discutiendo.
Pero difícilmente olvidan cómo papá trató a mamá o cómo mamá trató a papá.
Hoy pienso diferente.
Hoy creo que uno debe ser fiel a sus metas.
Firme con sus convicciones.
Enseñar que las cosas se ganan.
Que nadie tiene derecho automático a lo que otro construyó.
Y que tampoco debemos estar al lado de alguien simplemente por obligación.
Si decidiste estar con una persona, que sea porque quieres estar.
Y si decidiste construir con esa persona, entonces entiende lo que significa construir.
No estás ahí solamente para disfrutar cuando todo está bien.
Estás también cuando el otro tropieza.
Cuando un plan sale mal.
Cuando hay frustración.
Cuando toca empezar nuevamente.
Tu pareja no debería ser la primera persona que te recuerde tus fracasos.
Debería ser una de las personas que te recuerde que puedes levantarte de ellos.
Eso no significa justificarlo todo.
No significa aguantar abuso.
No significa quedarse obligado donde ya no existe respeto.
Significa algo mucho más sencillo:
Si decidiste caminar conmigo, no utilices mis tropiezos para demostrarme que debería caminar solo.
Y ahora, después de tantos años, entiendo cosas de mi papá que cuando estaba chiquito no podía entender.
Entiendo por qué muchas veces no discutía.
No necesariamente porque mi mamá tuviera siempre la razón.
Tampoco porque él fuera débil.
Ahora entiendo que él sabía lo que mi mamá hacía.
Sabía lo que ella representaba dentro de la casa.
Sabía quién estaba pendiente de sus hijos mientras él estaba afuera resolviendo.
Y por eso siempre decía:
“Tu mamá es la mejor.”
Ahora entiendo esa frase diferente.
Y también entiendo algo más.
A veces uno dice que el hombre manda en su casa.
Pero con los años he entendido que muchas veces la firmeza de un hombre también depende de la paz que encuentra cuando regresa a ella.
Porque puedes ser fuerte afuera.
Puedes resolver problemas.
Puedes negociar.
Puedes trabajar.
Puedes cargar responsabilidades.
Puedes enfrentarte al mundo entero.
Pero cuando llegas a tu casa también necesitas saber que no tienes que seguir peleando.
Ahí entendí por qué mi papá podía ser firme.
Porque mi mamá mantenía firme aquello por lo que él salía todos los días a luchar.
Y ojo…
No estoy diciendo que antes todo era perfecto.
Ahora de grande sé que seguramente hubo problemas que yo nunca conocí.
Días malos.
Preocupaciones.
Cansancio.
Infidelidades quizás.
Probablemente momentos donde alguno quiso mandar todo para la mier…..
Pero yo era un niño.
Y nunca sentí que mi familia estaba destruida. Una familia de 7 con un salario de 350.00 mensual.
Eso dice mucho.
Porque ahora comprendo que quizás una buena familia nunca fue aquella donde mamá y papá no discutían.
Quizás una buena familia era aquella donde los adultos sabían dónde poner sus problemas.
Y esa diferencia es enorme.
Hoy no quiero una vida perfecta.
Eso no existe.
Quiero una vida con propósito.
Quiero que mis hijos entiendan que el respeto no depende del estado de ánimo.
Que una pareja no es un adversario.
Que proveer no te convierte en dueño de nadie.
Que cuidar un hogar tampoco te hace menos.
Que pedir perdón no te hace débil.
Y que tener la razón no siempre significa que ganaste.
Porque puedes ganar una discusión y perder el respeto de tu pareja.
Puedes ganar una pelea y perder la admiración de tus hijos.
Puedes demostrar que tenías razón y destruir algo que tardaste veinte años construyendo.
Entonces…
¿Qué fue exactamente lo que ganaste?
Porque al final todos envejecemos.
La belleza cambia.
La fuerza disminuye.
El dinero viene y va.
Los hijos crecen.
La casa que antes estaba llena algún día queda en silencio.
Y muchas de las cosas por las que hoy discutimos, dentro de veinte años ni siquiera van a importar.
Entonces solo queda preguntarte:
¿Qué construí mientras tuve la oportunidad?
Hoy sé por qué mi papá no necesitaba ganar todas las discusiones.
Porque quizás estaba tratando de ganar algo más importante.
Una familia.
El respeto de sus hijos.
Una mujer que, con sus virtudes y sus defectos, había construido junto a él.
Un hogar.
Un legado.
Y ahí está la diferencia.
Porque una relación puede terminar.
El dinero puede acabarse.
Una casa puede venderse.
Las cosas materiales se reparten.
Cada quien puede agarrar por su lado y continuar su vida.
Pero hay algo que nadie puede repartir:
el ejemplo que dejaste.
Eso se queda viviendo dentro de tus hijos.
Y quizás algún día, cuando ellos también sean adultos y estén pasando por sus propios problemas, van a recordar cosas que hoy ni siquiera sabes que están mirando.
Así como hoy me pasa a mí.
Hoy recuerdo a mi papá.
Hoy recuerdo a mi mamá.
Y ahora entiendo conversaciones que hace treinta años no entendía.
Ahora comprendo silencios.
Comprendo sacrificios.
Comprendo aquel:
“Estoy cansado”.
Y también comprendo aquel:
“Tu mamá es la mejor”.
Al final no eran almas gemelas porque nunca tuvieran problemas.
Quizás lo eran porque, teniendo problemas, durante muchos años decidieron que había algo que valía la pena proteger.
Lo que estaban construyendo.
Y si algo quiero aprender de eso es esto:
No quiero pasar mi vida buscando quién me aguante.
Tampoco quién me necesite.
Ni quién dependa de mí.
Quiero construir al lado de alguien que pudiendo caminar solo, decida caminar conmigo.
Y mientras me toque estar aquí, quiero trabajar, crecer, proveer, enseñar, respetar y construir.
No para que algún día digan que fui perfecto.
Sino para que cuando ya no esté, mis hijos puedan mirar atrás, entender mis cansancios, comprender algunas de mis decisiones y decir:
“Ahora entiendo.”
Porque al final, quizás ese sea el verdadero legado:
vivir de tal manera que tus hijos necesiten crecer para terminar de comprenderte.
CÓDIGO FILOSO
De niño pensé que una buena familia era aquella que no tenía problemas.
De grande entendí que era aquella que sabía dónde ponerlos.
No construyas solamente para que alguien se quede contigo.
Construye de tal manera que, cuando ya no estés, tu ejemplo se quede con ellos.
El amor acompaña una vida.
El legado puede acompañar generaciones.
♛ KINGRAFF